El Chocolate

Historia del Chocolate



Los orígenes de esta sustancia sólida, sensual y para algunos adictiva que llamamos chocolate hunden sus raíces en la prehistoria del Nuevo Mundo, en el misterioso reino de los olmecas y los mayas. Fueron estas antiguas civilizaciones mesoamericanas, que vivieron en el corazón de la América central ecuatorial, las primeras que cultivaron el árbol del que proviene el chocolate.

En torno al siglo IV antes de Cristo, varios siglos después de la desaparición de los olmecas, los mayas se habían establecido en una extensa región situada al sur del México actual, que se extiende desde la península del Yucatán en América Central a lo largo de la región de Chiapas y la costa de Guatemala en el Pacifico. El clima húmedo de esta región era perfecto para el árbol del cacao, que florecía fácilmente en las zonas mas umbrías del bosque tropical.

Los mayas llamaban a este árbol “cacahuaqucht”; de hecho, para ellos, no existían ningún otro árbol que mereciese tanto el nombre de árbol como este. Creían que era un árbol que pertenecía a los dioses y que las vainas que crecían en su tronco eran un regalo que los dioses hacían a los hombres.


 



Los mayas crearon una especie de brebaje amargo hecho de semillas de cacao que consumían exclusivamente los reyes y los miembros de la nobleza y también usado para dar solemnidad a determinados rituales sagrados. En sus libros, los mayas describen diversas formas de elaborar y perfumar este brebaje, desde unas gachas espesas hechas con harina de maíz, hasta un brebaje mas liquido para ser bebido.

Una vez que se consiguió separar la manteca del cacao, la industria se encontró ante el dilema de que hacer con ella –realmente era algo demasiado valioso para desperdiciarlo. Lo que paso fue que, de un modo u otro, a algún fabricante de cacao- y hay discusiones acerca de quien fue el primero- se le ocurrió la idea de mezclar la manteca de cacao con una pasta hecha a base de cacao molido y azúcar. La mixtura resultante fue una pasta suave y maleable a la que se podía añadir azúcar sin que se volviera grumosa; la grasa facilitaba su disolución. La pasta era lo suficientemente fina para ser vertida en un molde y darle forma, y a partir de este momento empezó a formularse la idea de las pastillas de chocolate para comer.